Cuando marché de mi casa y de Argentina tenía 20 años. Mi mayor motivación era aprender a pintar, conocer la tierra de mis bisabuelos; mi motor era puramente emocional. Además, acababa de salir de una situación personal complicada: sentía a mi ciudad como un sitio hostil en donde no podía sanar por completo.

Con 20 años no tuve en cuenta lo que conllevaba en realidad migrar. No se me pasó por la cabeza que mis padres envejecerían, ni que perdería ese vínculo familiar, ni que me haría foránea de mi propia familia. Ni siquiera tuve en cuenta que formaría una familia lejos de la mía con todo lo que ello implicaría. Nada de eso tenía en cuenta. Normal.

En mi caso siento, incluso, que no migré, sino que simplemente marché. Creé mi vida de adulta lejos de mi familia y de mi país. La ficha de lo que había hecho no comenzó a caerme hasta que nacieron mis hijas y se hizo muy evidente cuánto necesitaba la presencia de mis padres. Cuánto significaba para mí que mis hijas crecieran con sus abuelos, y por nuestra decisión, no podía ser.

Cada viaje de vuelta desde Argentina con las nenas pequeñas era, de alguna manera, volver a decidir migrar. Los días allí eran perfectos: en familia, con los abuelos, los tíos. Conforme ellas crecían, más nos pedían quedarnos. En su día a día no tenían a los abuelos que las recogieran de la escuela, que les ayudaran con los deberes, o que se quedaran a dormir con ellas. Solo estábamos nosotros cuatro, y nuestra familia eran los amigos.

En la medida en que los años pasaron, he decidido migrar muchas veces, y cada vez fue más difícil. Porque en cada viaje se hace evidente el paso del tiempo en mis padres, y lo que me pierdo de ellos se hace cada vez más visible, sobre todo en las despedidas.

Me hago mayor. Siento que no terminaré de dimensionar lo que significó migrar hasta que mis padres no estén. La llegada de internet marcó un antes y un después en la experiencia de estar lejos, y no deja de ser un bálsamo ante la culpa y el miedo a arrepentirme. Poder hacer una videollamada con mis padres es también «creer» que todo está bien así. Pero ya están en la etapa final de sus vidas, y es ahora cuando reflexiono sobre esta ausencia que he decidido vivir durante todos estos años.

¿Hice bien? ¿De verdad era necesario? ¿Qué he ganado? ¿Cómo voy a gestionar la culpa de no haber disfrutado de mis padres, de no haberles dejado disfrutar de sus nietas y a sus nietas disfrutar de ellos?

Me autoconsuela pensar que nos hemos hecho cargo —en la medida de nuestras posibilidades— de la decisión que tomamos, viajando siempre que hemos podido y renunciando así a otras oportunidades aquí en Europa. En estos 26 años, el dinero invertido en viajes supera con creces una entrada a un piso que no hemos hecho.

Mi faceta más difícil fue cuando mis hijas planteaban: ¿Por qué tenéis que estar aquí? ¿Por qué tenemos que estar sin nuestros abuelos? Yo quiero que vivamos allá.

Siento que fue muy importante ser honestos con ellas y decirles que estábamos aquí por nosotros, por nuestro presente y por nuestro futuro. Nunca nos escudamos en ellas para decidir estar aquí, ni lo justificamos diciendo que era para que tuvieran una vida mejor: era por nosotros. Recuerdo que me preguntaban «¿y nosotras qué?», y yo les respondía: ustedes podrán también decidir cuando crezcan si quieren ir a vivir allá o a otro lugar.

Nos han juzgado muchas veces de egoístas por este punto de vista, incluso ellas. Puede que sí. O puede que este punto de vista sea el que nos haya ayudado a hacernos responsables y conscientes de esta decisión, que siempre atravesó nuestra vida y creo que la continuará atravesando.

Y en eso me baso: sentirnos culpables no ayuda para nada a hacernos cargo de lo que decidimos. Al contrario: nos victimiza y nos paraliza. La culpa migratoria no es el camino.

El camino es la libertad de decidir y elegir en cada etapa de tu vida dónde y para qué quieres vivir donde eliges hacerlo.

En otro post abordaré qué pasa cuando la familia reprocha, cuestiona y profundiza esa decisión que hemos tomado.

Estaré encantada de leer sobre tu experiencia, o si tienes alguna pregunta sobre la mía, aquí estoy.